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viernes, 18 de enero de 2013

Historia de un vampiro: Mundo Oscuro



Capítulo 26.
Un monstruo


La noche fue más fría de lo que pensé, me quede esperando para ver en que maldito momento me convertiría en un monstruo, pero el destino parecía seguir jugando conmigo. Aun no me movía de aquel paisaje sin vida. Solo existía este árbol muerto donde era el único testigo que me vio matar a Susan.
Susan estaba muerta con su cabeza sobre aquel tronco sin vida y yo me encontraba sentado  al lado de ella. Solo esperando
¿Qué más podía hacer?
¿Realmente dejaras que una situación como esta te gane? – mi otro yo comenzaba a hablar – Eres un asesino, siempre has visto a muertos y más ha humanos muertos, ¿no? Entonces, ¿Por qué sigues tumbado allí como idiota?

-        Si. ¿Por qué? – me conteste a mi mismo en voz alta. Creo que ahora si me había vuelto loco
Simplemente es una humana mas… solo una humana mas, eso es todo… Debes regresar y tratar de salvar a los otros antes que te conviertas en un monstruo.

-        Si… - comencé a engañarme a mí mismo – si, solo es una humana mas – gire mi cabeza y observe a la inerte Susan. Su piel tersa se había convertido en una piel blanca sin vida y yo lo había matado – No – grite nuevamente – No, ella no una humana mas, ella es Susan, es Susan… - mi enojo aumentaba – tal vez si regreso puede que alguien me mate y así nunca podre lastimar a nadie más – pensé en voz alta – Lo siento tanto Susan – le pedí perdón mientras tomaba su mano fría y eso me hizo sentir peor así que gire bruscamente mi cabeza para no verla, puse mis manos sobre mi rostro, me sentía como un niño cuando esta asustado. Eso era tan estúpido. – está bien – gire mi rostro hacia donde unos cuantos minutos habíamos salido Susan y yo.
Tenía que volver a entrar y matar a cualquiera que se atravesara en mi camino. No importaba nada ya. No importaba que yo muriera. Si podía llevarme a unos cuantos inmortales entre mis garras entonces morir seria un lujo. Si un lujo, porque la muerte siempre a sido una recompensa para un vampiro común. Mientras que para un vampiro Eterno era una maldición. Yo sabía perfectamente que le temían a la muerte y yo les llevaría hasta el mismo infierno si eso era posible.
Puse mis manos en la tierra y comencé a levantarme lentamente, me despedí de Susan con una mirada de nostalgia y camine directo a mi destino. La muerte.

Di unos cuantos pasos cuando me tropecé con un botellita con un líquido dorado, no le hice demasiado caso y la tome entre mis manos. Apreté la botella recordando que era de Claudia y que originalmente la tria consigo Susan antes de morir. Mi enojo volvió  apoderarse de mi nuevamente, lo cual ocasiono que la aquella botella se despedazará en mi mano. Se hizo añicos y el líquido dorado se extendió sobre mi mano. Pensé que fluiría como el agua, pero esto no parecía agua, era más bien un líquido denso y viscoso.
El líquido se mantuvo en mi mano como si estuviera adherido a mí. Gire mi mano para  el lado izquierdo para ver si aquel fluido extraño se caía, pero fue en vano ya que los vidrios fueron los únicos que terminaron en el suelo.
Me  quede quieto mirando aquel fluido que parecía más como una masa, pase mi dedo índice de la mano izquierda y lo toque. Se sentía como si hubiera metido mi dedo en hielo líquido, ahora entendía porque sentía frió en mi palma derecha.
De pronto unas palabras se impregnaron en mi mente: “Un muerto son tres, y tres son ninguno… no te confíes” comencé a recordar cuando ese liquido en mi mano comenzó a esfumarse.
“Un muerto son tres, y tres son ninguno… no te confíes”- repetí en mi mente – A caso esas palabras que ignore eran dirigidas hacia mí y no a Claudia – “Un muerto son tres, y tres son ninguno… no te confíes”… Un muerto… un muerto era Susan y me dolía tanto, me dolía más que todos los que había matado. Un muerto que dolía como si fueran tres seres amados y después “tres son ninguno…” tenía que dejarla ir y seguir para salvar a los demás. “No te confíes”, si no podía confiar en que podía vencerlos cuando eran más fuertes que yo. Tenía que estar en mis cinco sentidos e ir a rescatarlos.
Camine más convencido de mis movimientos, el líquido dorado se esfumo de mi mano, pero aunque suene raro aun sentía una sensación extraña en la palma, un cosquilleo con un frio un poco agradable. Volví a entrar.

Un muerto son tres, y tres son ninguno… no te confíes. Los muertos suelen despertar y más aquellos que nunca llegas a ver morir. No puedes seguir los pasos de otros y no puedes cargar con pecados de los que amas. No te sientas fuertes en momentos destructivos más bien invencibles es la palabra general… Un último consejo: “Nunca confíes en vampiros con ojos violetas, y corre ante aquellos que quieran asustarte porque puede ser que en verdad te consumas en sus mentiras”.
Pensaba eso mientras seguía caminando sobre el subterráneo, hasta abrirme paso nuevamente a la habitación de mi madre. Cuando volví a entrar a aquella habitación en penumbras supe que esta tentando a la muerte.

Oí un paso cuidadoso detrás de mí y al girarme con mi espada desvainada me detuve al ver aquel personaje encapuchado en un traje café. Cuando lo vi con ojos rojos vi que en efecto era un Inmortal.
No lo mate pero aun así detuve mi espada a pocos centímetros de su garganta, mientras lo miraba fijamente.
-        Tu amigo Daniel, necesita ayuda – comenzó con una voz fría – Muchos de los Inmortales se lo disputan.- miro detenidamente la espada – Sabes, esa espada no te ayudara mucho, nosotros los inmortales no podemos morir en manos de un vampiro o de cualquier otra especie que no sea los Ángeles de Dios.
Me quede tan quieto que no supe de quién diablos hablaba aquel inmortal y lo que era peor porque estaba escuchándolo.
-        Solo rescátalo y huye… - después señalo la puerta contraria por donde iba a salir – Se encuentra en una de las celdas de la parte sureste, ve
Iba a preguntarle él porque me ayudaba cuando… el desapareció. Se fue sin decir otra palabra.
Camine directamente hacia esa dirección que me indico.

¿Qué tal si era una trampa? Entonces, porque tomarse tantas molestias en avisarme…

Salí de aquella habitación y me adentre a un pasillo tan largo que parecía no tener fin en donde contenía demasiadas puertas. Suspire.
¿Cuál era la indicada?

Camine con cuidado pasando solo enfrente de cada puerta, alguna debía de oírse aunque sea un ruido que delatara algo. Agudicé mi audición y con una gran esperanza comencé a escuchar a Daniel.
Un tuene susurro. Algo intangible. Algo que no comprendía.
Aun así seguí caminando guiándome por ese tuene susurro. Hasta que el susurro se hizo más fuerte y después supe que hablaba con alguien más.
-        ¿enserio?- susurraba Daniel a alguien – No puedo creerlo, ¿Cómo? – espero respuesta que no escuche - ¿Magia? – volvía dejar un silencio – No… entonces…
Fue cuando me precipité en la habitación, donde no se encontraba nadie, camine dudoso después de todo había escuchado a Daniel allí.
Mire a mi alrededor, parecía una oficina común. Un chimenea con algunos tabiques rotos pero podía asegurar que servía para hacer un fuego grande, la iluminación no ayudaba estaba completamente oscuro, pero como un vampiro podía mirar en la oscuridad sin dificultad.
Un ventana que daba hacia el poblado desastroso de esa ciudad subterránea en ruinas, no había soplo del aire y ningún ruido que delatara algo.
No podía llamar a Daniel, sin ser delatado yo también. Me quede en medio de la aquella oficina como aquel sofá viejo y mugroso que estaba en el suelo a mi lado.

Cuando escuche algo detrás de mi espalda, me gire tan rápido que puede desviar una flecha de oro solido, una flecha que iba dirigido a mi corazón… Esa flecha pudo haberme matado, ya que pudo haberme arrancado el corazón de la fuerza y atravesado mi cuerpo como la mantequilla, ya que se trataba de oro puro. No tuve tiempo de ver quien fue el responsable porque comencé una lucha por protegerme ante una gran cantidad de flechas doradas contra mí. Rodé, gire, salte y varias veces me precipité al suelo y contra la pared en intento de salvar me esas flechas asesinas. Cuando comencé a escuchar gritos de furia y exaltación en todas partes.

¿Qué diablos pasaba?
Me distraje unos cuantos minutos para que una flecha se incrustara en mi hombro izquierdo atravesándolo y dejando un gran agujero donde fluida sangre. Un dolor fluyo, pero no me dolía demasiado como para acercarme hasta donde estaba el responsable. Aun seguían las flechas sin cesar, hasta que vi un arco de oro con unas cuantas líneas de color zafiro que lo adornaban, la cuerda se componía de una trenza de tres cuerdas que brillaban, y en su mirador había un ojo de color morado.
Y entonces las palabras tuvieron sentido: “Nunca confíes en vampiros con ojos violetas, y corre ante aquellos que quieran asustarte porque puede ser que en verdad te consumas en sus mentiras”… Pero una gran incógnita se quedo en mi mente:
¿Esos de ojos violetas eran vampiros?

-        Basta, él es mi amigo – intervino Daniel saliendo detrás de un escritorio volcado, donde fue el único lugar que no me escondí contra las flechas
Cuando comencé a incorporarme, Daniel me extendió una mano y yo le tome por inercia.  Al levantarme me sacudí mi vestimenta mi abrigo negro estaba manchado de polvo blanco.
Fui en contra de aquella figura, lo tome por el cuello delgado y estaba punto de asfixiar a cualquier cosa que fuera. Cuando un fuerte golpe fue directo en mi mejilla.
Al girarme vi que aquel golpe me lo propino Daniel en un intento para que yo tratara de reaccionar. Aquella figura vestida de negro comenzó a toser escandalosamente y entonces la pregunta que antes me había formulado fue resuelta.
Cualquier que fuera eso, no era un vampiro. Los vampiros no respirábamos, teníamos la manía de respirar como los humanos, pero podíamos dejar de respirar si queríamos… eso no nos mataba.
Levante mi ceja con incredulidad.

-        Sí que es rudo – una voz suave rompió aquel silencio
Silencio… ¿silencio? ¿Cómo? Hace unos minutos reinaba un caos. Gire desesperado por conseguir mi espada, me hacía sentir más seguro y en eso estaba cuando aquella figura camino de forma directa para verme.

Bajo su capucha en el camino y pude observar su cara. Una chica de cabello negro con una tonalidad de piel un poco más oscura que la mía y con unos ojos morados. Su cuerpo no era delgado, era más bien esbelto y con cuervas.
Las únicas curvas que conocía eran las de vampiras y humanas. Las vampiras eran muy delgadas y las humanas, bueno las que conocía…(lo pensé por un momento y sentí una herida en una parte de mi)… las que conocí (cambie esa palabra por los hechos recientes). Las humanas que conocí como Susan o aquellas que vi en aquel interrogatorio no se comparaban con ella.
Lo que me hacía pensar…
¿Qué era ella?

-        ¿Tú que eres? – pregunte sin detener mi duda y sin dar tantos rodeos
-        ¿Qué soy? – abrió los ojos como si no creyera una pregunta tan tonta de mi parte y hizo una mueca –Soy una de ustedes…
No pude preguntar más.
-        ¿Dónde está Susan? – intervino Daniel – La salvaste verdad…- me miro fijamente – Andrés?. La salvaste, verdad?
No se si preguntaba o estaba dando algo por hecho. Pero esa pregunta ocasiono un miedo que nunca había tenido antes. Un miedo a decir la verdad. Un miedo que solo cuando era pequeño lo sentí.
Comencé a sentir nuevamente remordimientos.
-        Esta muerta – esas palabras solo comencé a decir
-        Muerta – exclamo la extraña - ¿Cómo sucedió?
¿Esa quien se creía para hacer ese tipo de preguntas?
-        ¿Cómo que muer.. muerta? – tartamudeo Daniel y puso una mano sobre mi y jalo mi camisa. - ¿quién la mato?
-        Un monstruo – conteste casi por inercia. Era cierto después de todo.
Yo era un monstruo que la había matado. Solo esperaba que me convirtiera en eso. Un monstruo al cual no podrían matar. Después de todo yo había bebido la última gota de Susan y ahora está sentenciado a ser un Inmortal. Un Inmortal como los que viven en esta ciudad Subterránea. Un monstruo seguiría siendo hasta la eternidad.
-        Pero, ¿Quién… - no pudo terminar la frase aquella extraña.
Ella dio un giro de 180 grados y disparo una flecha en aquel lugar donde ella estuvo hacia un par de minutos.
No hubo más tiempo para preguntas y eso fue un enorme alivio para mí por ese momento hasta que vi a dos Inmortales en la puerta.
Nos atacaron dos Inmortales sin piedad. Uno de ellos que tenía un peinado algo desordenado y se fue contra de Daniel el cual no tuvo oportunidad para zafarse del agarre del cuello. Daniel peleaba sin existo contra su Inmortal y termino volando atreves de la sala hasta traspasar una ventana.
El otro Inmortal al parecer una chica no quería pelear ella se divertía observando y contemplando la pequeña Batalla.
Su compañero de esta se dirigió en esta ocasión con esa desconocida. La vampira de ojos violetas contraataco antes de que esa bestia viniera por ella y le lazo tres fechas de oro en el corazón, pero eso no hizo daño alguno al Inmortal, al contrario lo enfureció más. Siguió corriendo hasta llegar a ella y de igual forma la tomo del cuello comenzó a retorcerse.
¿Pero si era un vampiro no morirá asfixiada? ¿O sí?...
Comencé a ver como su cara cambiaba a un color morado, mientras que los otros dos Inmortales reirán con gusto.
Yo no sabía qué hacer, si ayudarla o no. Hasta que Daniel volvió aparecer en la escena golpeó al Inmortal en el brazo para que así la dejara libre. Esa táctica que había hecho conmigo, no fusionó como era de esperarse. Un vampiro podía mover a otro vampiro. Pero un Inmortal era otra cosa.

Un Inmortal no se podía matar…
Estuve a punto de ir a ayudarles cuando...
-        No, no – dijo un voz que conocía de sobra – Así nunca regresaran para la junta de mi madre
-        Claudia, déjame informarte que tengo más experiencia en esto que tu – inquirió esa chica Inmortal que no quiso mancharse las manos
-        ¿Cómo me dijiste? – pregunto alzando las dos cejas.
Eso me hizo sentir escalofríos, porque fue algo que hacia comúnmente Claudia, pero cuando hizo ese gesto me di cuenta que ella había dejado de existir. Claudia su cuerpo estaba allí, pero su “yo”, No.
-        Solo deja de jugar – le ordeno a aquella bruja Inmortal – Pensé que te habías ido, querido hermano mío – expreso son una sonrisa de satisfacción – Esta bien, - se giro y ordeno algo mas – Solo maten a todos – y se fue

Esa fue la gota que derramo mi vaso, eso hizo que me enfureciera y cori hasta aquel Inmortal que había dejado de estrangular a esa de ojos violeta que ahora se encontraba en sus pies. Fui contra él, pase mi gran espada por su garganta pero fue como cortar una piedra, porque solo salió chispas amarillas, como si quisiera solo sacar filo, esos dos inmortales se carcajearon por mi acto ridículo.
No me di por vencido y contraataqué pero él era demasiado rápido. Ninguno de mis ataques volvió a recibir y nada lo daño. Solo me estaba cansando, para nada.
Arremetí nuevamente, pero esta vez con sus manos el voló mi espada la cual se clavo en el techo de aquella vieja oficina.
Podía saltar y recuperarla, pero eso no lograría ganarle. Aun así Di un brinco para alcanzar mi espada, pero fue un gran error, aquel inmortal me tomo de las piernas y me lazo lejos.
Atravesé la ventana al igual que Daniel lo había hecho y pude apreciar como caía atreves de la ventana hasta caer en los escombros de una casucha de aquel pueblo fantasma. Aun no tocaba el piso, cuando ese chico inmortal me tomo del cuello y comenzó a estrangularme.
No hacía falta que yo respirara, pero él lo sabía de sobra. Puso su otra mano atreves de mi cuello para hacer palanca. Eso sería todo. Morir…
¿Solo moriría así?
Moriría a manos de un Inmortal. De un estúpido inmortal.
Como cualquier estúpido, dijo:
-        Tus últimas palabras, vampiro de cuarta – encajo más sus garras en mi cuello. Aunque yo quisiera decir algo, no podía. Solo me reí y le escupí en su cara blanca. Esos ojos rojos como el rubí comenzaron a salir fuego y fue entonces que no sentí nada.

Él lo hizo, estaba seguro. El torció mi cabeza a cierto punto que mis ojos se des chuflaron de mi, pero no había dolor,...

¿Por qué no me dolía? ¿Por qué seguía vivo?
Ha si es verdad… La Sangre de Oro estaba dando su efecto en mi cuerpo y la Inmortalidad comenzaba para mí.


Un Inmortalidad que despertaría al gran Monstruo que llevaba conmigo siempre.





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